¿Por qué rayos escribo estas líneas?, se preguntará mi desvelada y quizás inexistente destinataria. Pues para ella, musa desconocida, quien llegará por curiosidad o franca desesperación a estos lares. Punto. Ah, sí, y también para que me quieran, como García Márquez, o por pura egolatría, como Lord Byron, o para ganarme el Nobel de Literatura con un blog y alucinaciones por el estilo (lo que nos impulsa a todos a escribir, no muy en el fondo ni tan secretamente como quisieran los falsos modestos).
Aclaración número 2:
Llegué a estos sitios por casualidad o porque al final me rendí ante los servicios para buscar pareja. Da igual. Primero, mientras buscaba entre los libros de 30 pesos en exGigante Glorieta, me encontré un artículo pagado sobre Parship en la revista Ego, como si me hicera falta... Después, descubrí Match.com (de Microsoft, desafortunadamente), pero eso fue más bien chiripa.
Preocupación número 1:
Me pregunto, como todos, cuántos de mis conocidos verán mi perfil (y qué rayos andaban haciendo en esos sitios, para empezar). Para curarse en salud, las personas más penosas tratan de despistarla un poco: "Sólo ando viendo, eh", "pura curiosidad", "no tengo problemas para ligar; sólo pasaba por aquí" y cosas de ese tipo. Así te evitas la vergüenza de cruzar miradas culpables con alguien en la escuela o en el trabajo. En lo personal no me importa mucho, pero de todos modos prefiero mantener mi nombre en relativo secreto (y a ver si lo descubren tarde o temprano).
Ocupación número n:
Me voy porque ya casi amanece y todavía tengo cosas serias que escribir, de esas que filosofa uno mientras se acaricia reflexivamente la barbilla, con la mirada perdida en el infinito.
Aun así, ¿cuánta gente pensará que tomar café equivale a ser "intelectual"? Porque el tomar café implica hacerlo en un lugar donde se vaya a tomar café, como supuesto protocolo de la socialité y con un cierto grado de "sofisticación". Por lo regular no invitas a una chava que te gusta a una fonda para tomar café de olla o nescafé en un vaso de unicel, entre franeleros. Sobre todo, es mucho menos probable que sea ella la que te invite (a menos que sea una chava en verdad extraordinaria y rara).
Aunque seguramente habrá quien sienta una inclinación natural y respetable por esos lugares (incluyendo a algunas mujeres muy interesantes e intelectuales), supongo que cuando una persona dice "me gusta el antro pero también salir al café" indica que no es una persona aburrida pero tampoco tonta. ¿O será acaso una clave secreta que desconozco? Tal vez sea la misma sustitución ya en desuso para referirse a la venenosa (véase también Real de Catorce):
-¿Quieres "café"?
-¡Shhh! Ahí vienen. ¡Apágalo, apágalo!
Sin duda se carbura un poco más rápido después de un agua de calcetín, pero eso es todo. No te conviertes en Stephen Hawking o en Alfonso Reyes con una taza de capuchino.
Los datos son desalentadores, si lo que se quiere es encontrar personas cultas en México. Desde mi perspectiva, la cosa se pone peor cuando se busca una novia cultivada, ya que las mujeres enfrentan más obstáculos que los hombres en su desarrollo académico y cultural. Por un lado, se nos inculca más el ser "líderes" en la escuela, mientras que a las niñas las van relegando al papel de esposas. Si a eso le añadimos el que sean alivianadas, liberales, ateas, viajeras, independientes y encima guapas y sin complejos sexuales, es fácil saber por qué los antiguos griegos joteaban tanto.
Según la Secretaría de Educación Pública y La Jornada las cosas andan en niveles surrealistas cuando se trata de leer, como se ve a continuación (nótese que quien escribió la nota y quien la corrigió tampoco saben escribir muy bien que digamos).
En la residencia oficial de Los Pinos, la industria editorial, escritores y autoridades celebraron éste como un día de fiesta; sin embargo, todos advirtieron que la ley por sí misma no puede transformar un panorama “complejo e inaceptable”, como el que describió la titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Josefina Vázquez Mota.
Los datos más recientes citados por la funcionaria indican que 30 por ciento de los mexicanos no han visitado (sic) una biblioteca en toda su vida y 40 por ciento nunca han entrado (sic) a una librería; uno de cada ocho mexicanos no ha leído un libro en su vida y 30 por ciento no lo hicieron (sic) en el año anterior.
La información me dejó tan perplejo que ya no supe ni qué poner en negritas...
Afortunadamente, ahora es mucho más fácil admitir que se es ateo, pero en otros tiempos (y no me refiero únicamente a la Edad Media) las cosas eran un poco más deprimentes. ¿Qué hacías si vivías en un pueblo y tu curiosidad te llevaba a la sensata conclusión de que 1) Dios no existe o 2) la Iglesia miente? ¡Pues nada! Casarte con quien cayera, ver cómo iba a misa, incluso ir tú mismo algún domingo para no desentonar con los demás o levantar sospechas. Ya habría tiempo para rumiar tus penas con los amigos que también eran "comecuras" o aprovechabas la llegada del sobrino-nieto citadino, con quien hablabas pestes del párroco del lugar y sus perversiones, de sus amantes y de sus hijos no reconocidos, como en alguna novela del siglo XIX.
A lo mucho criabas gallos de pelea en el patio, a los que sopesabas distraído en las tardes calurosas, sintiendo cómo la guayabera se te pegaba a la piel por el sudor. Quizá divagabas con las posibilidades que no escogiste cuando eras joven. Te imaginabas en otro lugar, con otra familia y otra vida, una vida inexistente pero siempre más atractiva justo por eso.
No te quedaba más remedio que matar el tiempo a la espera de que el tiempo te matara a ti.




