La mayor parte del tiempo sueño con ser un héroe. A veces, en mi retorcida imaginación, tengo superpoderes; otras, siendo sólo yo, rescato a niños recién nacidos de algún incendio espectacular, a quienes bautizan con mi nombre por puro agradecimiento, a pesar de mis blandas y falsas protestas para que no lo hagan. En una ocasión incluso estuve muy cerca de realizar mi sueño guajiro. No había fuego, ni metralletas o terroristas forrados con cartuchos de dinamita, pero estuve cerca, de cierto modo.Cada domingo acá en San Luis Potosí se arma un tianguis a lo largo de unas vías. El nombre del tianguis no es muy original ("Las vías"), como tampoco la cantidad de mugres que puede uno comprar ahí. En Las vías se puede encontrar de todo, desde artículos chafas y usados hasta artículos chafas MUY usados. Casi siempre voy con mi hermano. Él va buscando lo que le parezca interesante; yo, libros del siglo XIX y, no muy secretamente, una primera edición de El Quijote en 100 pesos o algo igual de improbable y afortunado.
Uno de esos domingos, mientras caminábamos entre la muchedumbre sudorosa, vimos cómo un sujeto detuvo a otro, mucho más joven y pequeño.
-Tú tienes mi cartera -dijo el más grande.
-No, yo no tengo nada -dijo el otro, asustadísimo y como deseando que se lo tragara la tierra.
Casi enseguida alguien gritó: "Allá va". Todos volteamos hacia el "allá" que el gritón señalaba con su dedo acusador. Nadie se movió, salvo un tipo que llevaba una mochila en la espalda. Mi hermano y yo vimos cómo el fulano de la mochila trataba de escurrirse entre la multitud, como en esas películas de espías en las que hay una persecución por retorcidas callejuelas en el norte de África o en el sur de España.
Segundos después el fulano comenzó a correr en dirección contraria, mientras todos gritaban "¡Agárrenlo, agárrenlo!". También como en esas películas, el tipo aventaba lo que podía para obstaculizar el paso de sus perseguidores. A falta de carrito de naranjas, aventó a una fulana que estaba inclinada viendo las chácharas de un artezángano jipioso, de esos que están en conexión con el Universo entero. El ladrón pasó entre mi hermano y yo en su carrera y, por alguna razón que nunca he podido explicar, mi brazo, sin que interviniera la más mínima pizca de sensatez, se movió por voluntad propia. En cosa de nada tenía al carterista agarrado por el cuello de la playera.
Mientras él tiraba hacia su libertad yo trataba de inclinarme totalmente en dirección contraria. La playera se desgarraba, las costuras tronaban, el Sol pegaba con todo, la gente nos veía, alguien, lejos de ahí, se sacaba los mocos viendo la televisión, ajeno a mi apoteosis.
El fulano, tal vez creyéndose perdido, se dio la vuelta para ver a su captor (o sea, yo mero, ni más ni menos). Nos miramos durante unos segundos, primero con asombro (yo) y con miedo (él), después con miedo (yo) y con asombro (él), pues dichos segundos bastaron para recalibrar la situación. Él era un malandro más alto y pesado que yo y yo, que siempre he sido una varita de nardo, andaba por ahí buscando libros con toda la ñoñez de la que soy capaz. La pelea hubiera sido desigual, absurda, muy heroica, eso sí, pero estúpida y masoquista de mi parte. La verdad es que le saqué al parche ya teniendo al fulano cara a cara y lo solté. Poco me faltó para desarrugarle la playera pidiéndole disculpas.
El tipo siguió corriendo, pero ya no fue mucho. A los tres o cuatro metros, como salido de la nada, apareció alguien que derribó al carterista con una patada voladora. Le siguió el jipi, cuando el sujeto estaba ya en el suelo, para darle unas kármicas patadas en la cara, quizá con mucho amor y todavía más paz. Nunca faltan las turbas enardecidas y espontáneas a la espera de linchar a quien se deje: culpables, inocentes, ladrones, policías, mujeres con gatos negros o presidentes municipales. Al tipo le tocó su propia turba y en cosa de segundos le llovieron golpes, patadas en los huevos, mentadas de madre y escupidas, hasta que la policía llegó a su rescate.
Me gusta pensar que los segundos durante los que detuve al ladrón fueron decisivos, pero más me gustaría tener superpoderes. Para compensar, cuando camino por las calles de San Luis observo atentamente los techos de las casas, buscando cualquier indicio de fuego, y me preparo mentalmente para arrojarme histriónico a las llamas.





5 comentarios, quejas o mentadas:
Si eres mi "hiro" jajaja.
Ajalas!!!!!!
esas virtudes no me las sabía, seguro que eres el mismo con el que llevé clases un año o dos??????
Coño!
¿Desde cuándo el tropezarse con un "raterillo" te convierte en héroe?
jajaja
Saludos compa
Ya póngase a escribir, vamos atrasados con el proyecto.
¿Cómo que desde cuándo? Es así nada más. Una tarde vas caminando por las vías y al otro eres un héroe desconocido que se autopromueve para conseguir noviecita intelectual.
¡Vaya vaya!, que tendré que ir a San Luis un día de estos para vivir toda esa verbena popular jeje!!!
Dale paisano, estuvo muy entretenido tu relato... por ahí hasta una sonrisa me robaste.
Cuidese.
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