Rave en Chole

Desde que regresé a San Luis Potosí, después de vivir casi quince años en otras tierras, incluyendo algunos aburridísimos arrabales de Texas, me convertí en un turista deambulando extraviado por las calles de mi propia ciudad. Al mismo tiempo, comencé a congeniar más con un primo ("E.", para proteger su identidad de las trifulcas familiares), apenas un güerquillo imberbe cuando salí de aquí para rolar por un pedacito del mundo.

Con mi primo, quien vive ahora en la parte cool de San Luis, casualmente las borracheras son siempre maratónicas e impredecibles. Pueden comenzar con UNA michelada en La Zona Fría, nada más "para el calor" y mi gastritis de becario de Pronabes, y terminar en la madrugada, ya en las cercanías de Guadalajara, sin que ninguno de los dos sepa muy bien qué andamos haciendo por allá o por qué o cuántas llevamos o de cuáles. Afortunadamente, E. tiene un hígado mucho más fogueado en estas lides, así que el que termina vomitando en el suelo soy yo, mientras él guarda relativamente la compostura, o sea, no habla a grito pelado, ni se pasa las convenciones sociales por el arco del triunfo o le da por hablar una jerga intelectualoide, ajena a los no iniciados.

De entre las incontables excursiones de turismo urbano con E., destaca un ravecillo ranchero, al que nos autoinvitamos, gracias a un par de llamadas a gente Jet Set de la noche potosina (nótese que el parámetro es más bien triste), conectada con todo tipo de ambiente y de personal. El evento fue a las afueras de mi municipio, es decir, en lo más recóndito del rancho de Soledad, una zona polvorienta, llena de vacas famélicas y hortalizas regadas con agua de olorosa procedencia. El lugar estaba más que perfecto para ponerse "hasta el zonque", por aquello de que la policía no se para por dichas rumbas, muy probablemente por la hueva de ir hasta allá y porque la cantidad de vehículos y la música "diabólica" intimidan a cualquiera de esos pueblerinos persignados.

Entre tanto brincoteo y saludar a los conocidos (de mi primo, porque yo todavía soy un freaky outsider sin jerarquía social), E. le sacó una escueta plática a una fulana: "¿De dónde eres?". Fue todo; nada más, pero suficiente para que brincara un tipo pasado de testosterona o de alguna otra sustancia a hacerla de tos, diciendo que era SU amiga y que iba con él.

Yo sólo veía la acción a medias desde un metro atrás y mal, no porque sea un vouyerista de medio pelo, sino porque había demasiado polvo por todos lados que, además de llenarme las fosas nasales de terrones, me opacaba los lenteojos. Desde mi perspectiva, digamos que la fulana no se veía tan mal. Y ya con meses sin noviecita y una metralla de latas y latas de cerveza fluyendo continuamente por mi aparato digestivo, pues se veía bastante bien. Así que, apetecible la fulana o no, estaba listo para brincar por mi primo, con la amplia certeza de que me iban a romper la nariz o, peor todavía, los lentes, que sería más doloroso que cualquier partida de progenitora.

Calmado el asunto, pues no se trataba más que de un despliegue belicoso para que el fulano quedara bien con SU amiga y aumentaran las posibilidades de acostarse con ella, seguimos en la borrachera, hasta que nos agarró la mañana con las manos en las latas...

De buenas a primeras el lugar había perdido todo su atractivo inicial: las pacas de alfalfa marchita se amontonaban por los rincones y el olor a mierda de vaca se hizo evidente. El sitio estaba lleno de gente demacrada y ojerosa, cubierta de polvo, como si se hubiera revolcado un rato en el suelo. La fulana, a quien reconocimos por el vestido medio extravagante que llevaba, mostró su lado real a la luz del día. No es porque me las dé de galán (ni de broma, porque no lo soy), pero la chava era lo que Ganivet calificaría de "fea definitiva", o sea, fea-fea, con ganas (con lo cual regresamos a aquellos comentarios sobre los efectos del alcohol).

A veces resulta desconcertante eso de los raves y las tocadas. De noche toda la concurrencia electrofelina es parda, por lo menos acá en el municipio de Chole, que no es Ibiza. Y peor cuando la gata es más bien un gatúbelo, de cacería entre los flashazos estroboscópicos de la confusión. Digo, si ésa no es tu tirada.

1 comentarios, quejas o mentadas:

Octavius dijo...

Adiós, primo. Te quiero un chingo.

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