Anoche, depués de un tour nocturno a la farmacia, prendí la televisión por primera vez en quién sabe cuántas semanas. Lo que vi en las noticias me dejó con la boca abierta. No fue el balbuceo salivoso del madrileño López-Dóriga, ni las imágenes violentas que veo sin que haya una cámara de por medio (por cierto, casi me toca otro enfrentamiento entre autoridades y unos monos misteriosos, en pleno centro de San Luis, hace un rato). Tampoco fueron los gritos de verdulera del bigotón de Hechos o la crisis económica cuasi global, que me hace lo que el viento a Juárez porque desde antes no tenía empleo.

Lo que me dejó pasmado fue la brecha generacional entre la gente que se "informa" viendo la televisión y los que no dejamos de monitorear compulsivamente lo que sale en Internet. ¿Noticias en la tele? ¡JA! Todo salió ayer, antier o incluso hace más días en un sitio u otro. Sentarse frente a esa otra pantalla con el falso control en la mano es como un viaje en el tiempo hacia el pasado o una visita a la hemeroteca. Y no es que el asunto no se haya tratado hasta el cansancio en muchos estudios "serios", pero la sensación de ver la caja idiota sigue siendo de flashback, un melancólico retorno a la vida en sepia.





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