Fin de esta bitácora enferma

Desde hace tiempo, digamos un par de meses, me atraía la idea de terminar con este pequeño experimento o, por lo menos, de cambiarle tan horrendo título. Al final ganó la primera opción: lo cierro, independientemente de mi inconstancia para escribir aquí. Lo hago porque pensar que tengo que escribir algo de manera forzada me estresa y porque el tema del blog no da para tanto (entre otras cosas que prefiero contar por distintos lares, con las respectivas distorsiones literarias).

Me quedaré con dudas sobre quiénes entraban sin comentar nunca y, sobre todo, por qué entraban sin comentar. Me pregunto también cuántas de esas personas me conocen en la vida real. Haciendo un balance justo, tener este blog me enseñó algunas cosas pero, al mismo tiempo, me trajo problemas muy dolorosos (Oh, qué dolor, qué dolor, qué pena‏). Creo que el haber conocido a ciertos sujetos y sujetas interesantes lo compensa en gran medida, pero me hubiera gustado que la historia fuera de otra manera, con todo, para llevar, por favor. Como suelo decir, siempre se impone la cochina realidad, es decir, mejor suerte para la próxima.


Algunos datos
Número de entradas en total, incluyendo ésta: 70
Número de comentarios hasta el momento: 328
Número de visitantes únicos desde el 9 de noviembre de 2008, sin contar regresos: 1824


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Las 5 entradas más populares
1. Influenza: 5 teorías de la conspiración
2. Influenza y mentiras oficiales en San Luis
3. Efecto Dulcinea III
4. Cochinadas
5. Puterías de muy altos vuelos II


5 blogs y sitios que mandaron más visitantes (descontando Facebook y Google)
1. Red de blogs ateos
2. Los casquivanos
3. Ciudad posible
4. Memorias de Lady To- topo
5. No me puedo resistir


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Siete confesiones finales:
1. El título del blog siempre me repateó el hígado. Lo puse provisionalmente y se quedó. En parte, por eso dejo esta bitácora, con la blanda y nada confiable promesa de abrir otra más adelante.
2. Nunca conocí a nadie en persona, salvo a quienes conocía antes de que entraran aquí.
3. Créanlo o no, sufrí un poco el acoso de algunas lectoras. Me caga que me acosen, que me hostiguen o que me insistan.
4. En la vida real pienso, leo y escribo sobre cosas infumables.
5. Aunque muchos no lo notaran, casi siempre escribía porque me sentía mal, por catarsis o por el puro placer de echar carrilla. Bueno, tal vez lo de la carrilla sí se notaba...
6. Lo admito, me gustan las mujeres bellas y que además sean más inteligentes que yo.
7. Sí, sí, en la vida real suelo ser un güey divertido.


Efecto Dulcinea III

Aclaro: Lo que sentí por Q. desde los primeros segundos sobrepasa por mucho eso que llaman crush. Durante ese brevísimo instante, en el encuentro de lingüística, me pasó por la mente una especie de flashforward autobiográfico, si es que semejante cosa existe, en el que me vi como parte de la vida de Q., con una hija y varios años mayores de lo que éramos en ese momento, una extraordinaria certeza de estar viendo el futuro.

Q.

Ya antes había estado enamorado, incluso muy clavado con una o dos chavas más (prefiero no dar nombres ni cifras exactas), pero nunca me había imaginado con hijos durante los primeros segundos. Fue esa fuerte sensación de prolepsis la que me mantuvo con la convicción de que algo iba a pasar algún día entre Q. y yo, a pesar de que estaba en lo más bajo de la cadena alimenticia de todos los buitres que revoloteaban (y aún revolotean) a su alrededor, no siempre con buenas intenciones.

Por supuesto, la realidad se empeñaba en mostrarme que estaba equivocado. Rara vez la veía; primero, porque pensaba que su nombre era Atenea; segundo, porque, una vez que supe su verdadero nombre, si el destino existe segurito también anda tras ella. Y eso no es lo peor de todo. Cuando lograba verla, muchas veces estaba con el novio en turno, así que me sentía como si me agarraran a patadas. Por supuesto, mi profético masoquismo me llevaba a buscarla en lugares a los que podía ir en algún momento, sin importar que fuera con otro fulano, con lo que doy paso a otras entradas, sobre aspectos que todavía me sacan ronchas.

Por cierto...

Hola, Q.

Efecto Dulcinea II

Cuando Víctor me dijo quién era realmente Atenea y quién la mujer a la que había yo visto en el encuentro de lingüística, todas mis esperanzas, alimentadas por la confusión de nombres y mi cabecita enferma y fantasiosa, se hicieron pinole, al igual que mi dolido cucharón. Resulta que llevaba meses pirado por la güerquilla que tenía más pretendientes en la escuela, así que, casi casi había que hacer fila y pedir audiencia nada más para suspirar por ella.

Rato después de la impactante revelación, y todavía en el salón de fiestas, platiqué con la que ahora es mi asesora de tesis y le pregunté quién rayos era la susodicha (a quien llamaré “Q.”):

-¿Quién rayos es Q.? Me acabo de enterar de que Atenea es esa mona de la chamarra verde. Creo que hubo una confusión y en realidad llevo meses hablando de Q., no de Atenea -dije.
-Ah, Q., claro. Es una chava muy, muy inteligente y a todos les gusta. Es más inteligente que Atenea y más centrada. Me alegra saber que tienes buenos gustos -dijo mi asesora, sin disimular su gran alivio.
-¡¿Qué?! -intervino mi profe de retórica, tratando de hacerse escuchar sobre la música, desde el otro lado de la mesa (aparte de que está medio sordo).
-¡Me equivoqué! Me gusta Q., no Atenea -respondí, a grito casi pelado (también yo estoy medio sordo, por usar audífonos a todo volumen, como en este momento, que escribo estas líneas).
-Estás frito, güey -vaticinó mi profe, con toda la elocuencia que requería la ocasión.
-¿Cree que Q. me haga caso? -pregunté, para tantearle el agua a los camotes.
-¡Ni madres! Pinche enfermo...

Claro que su servidor ya había escuchado de Q. muchas veces. Incluso se me hacía sumamente raro que todos estuvieran loquitos por ella y no por... la supuesta Atenea. “¿Cómo pueden no fijarse en Atenea? ¿Son todos idiotas o qué les pasa? ¡Mírenla, mírenla! ¡Es la mujer más bella de la Tierra!”, pensaba, al igual que Felipe Podrido con su gringa, cuando lograba verla a lo lejos, deseando tener a la mano una espada, pa' destripar dragones o güeyes lanzados de panza. Y no era el único. Botellas se abrían y se vaciaban, fluía el mezcal, churros de mois se volvían humo y piedras de crack desaparecían en improvisadas pipas por culpa de su indiferencia... Bueno, por culpa de su indiferencia no, sino porque la banda era viciosa desde enantes, pero Q. era un buen pretexto para ponerse hasta el zonque y terminar en el piso, entre guacareadas y lamentos por tanto desamor.

Si creen que mi distorsión de la realidad disminuyó al enterarme de que Atenea no era Q. y de que Q. no era Atenea, sino que se trataba de dos personas distintas y diferentes, no de la misma ni de una sola, se equivocan. Antes bien, me convertí en parte de las hordas suspirantes, es decir, me uní a quienes desde lejos se dedicaban a fantasear con ella, sin, pobres perdedores, atreverse a más. En realidad no era para menos. Con tantos pretendientes, la competencia era feroz y las esperanzas nulas. ¿Cómo podía yo, pequeño e insignificante hijo de vecino, luchar contra la elegancia de, por decir algo, un Rafa? Estaba, en resumidas cuentas, en un hoyo del que no podía salir.

¿Por qué actúa uno como actúa en esos trances, sabiendo que la musa jamás notará la presencia de uno, simple mota de polvo flotando en el aire?

Efecto Dulcinea

En el 2000 me hice un pequeño tatuaje con un tatuador de Guanajuato, quien llama muchísimo la atención por su extravagancia, su estilo punk y ahora, según me contaron, porque se tatuó la cara. Acudí a su changarro acompañado por una amiga, una tarde calurosa. Cuando llegamos al lugar y miramos a nuestro alrededor fue ella quien descubrió un retrato sobre alguna repisa. La foto era de una gringa sumamente fea, con un escaso estropajo amarillento por cabello y un estilo entre darketo y deslavado. Además, la pelafustana en cuestión estaba más que pasada de mayonesa, tanto que era más fácil saltarla que darle la vuelta.

Mi amiga tomó la foto entre sus manos para verla más de cerca y, con mucha naturalidad, le preguntó al tatuador “¿Es tu novia?” y el tipo, muy erguido y con la frente en alto dijo “Sí, es la mujer más bella del mundo”. Apenas estaba agarrando vuelo para carcajearme con todas mis ganas, cuando vi su cara. El tipo lo decía en serio, muy en serio. “Ah, eso es lo que llaman amor verdadero, eh. Definitivamente es ciego”, pensé de inmediato. Con el paso de los años y la experiencia he llegado a pensar que el efecto de enamorarse, en lo que toca a la percepción de la realidad en general, es similar sólo a ingerir grandes cantidades de alcohol o pegarse en la nuca contra el filo de una banqueta.

Una ñora

Claro que eso no lo pensaría sino hasta mucho después, cuando fui a un encuentro de lingüística, organizado por mi escuela. Ahí, durante unos segundos, vi a unos metros de mí a una jovencita que me pareció bellísima, es decir, bellísima según mis retorcidos gustos. No me acerqué y tampoco dije nada, pero regresé al día siguiente esperando encontrarla. Ella estaba ahí, en una ponencia a la que no puse atención, por estarla viendo. Pensé que era estudiante de otra ciudad u otra escuela, así que la cosa no hubiera pasado de ahí, de no ser porque algunos compañeros comenzaron a mencionar mucho a una tal Atenea, que estaba en mi escuela pero en otro turno y otro semestre. Hablaban de ella como si fuera una persona muy creativa, con muchas lecturas e incluso un par de publicaciones, así que dije “Inteligente, creativa, lectora asidua y con nombre de diosa griega. ¡A huevo es ella!”

A partir de ahí casi todo lo que pensaba o hacía comenzó a girar en torno a una idealización bastante rara. Digamos que ella, Atenea, pasó a formar parte de mi marco interpretativo, o sea, como que se me pegaron los cables con la imagen de esa mujer, así que la soñaba y la alucinaba en todas partes, además de que trataba de encontrármela en las fiestas, en las borracheras o en la calle, siempre infructuosamente. Incluso atormenté a muchas personas con mi obsesión a lo largo de varios meses. “¿Crees que Atenea me pele?”, preguntaba cada dos minutos. Víctor, uno de los amigos de Atenea (a quien nunca había visto con ella) me miraba siempre con una mirada extraña, como si estuviera enfermo de la cabeza, y decía “Sí, güey. Seguro te pela”.

No contaré todas las cosas que hice con la vana esperanza de que ella notara mi existencia, porque fueron muchas. Baste decir que la cosa cambió en una comida-peda de la escuela. Llegué al salón de fiestas donde fue el asunto y me aposté atrás de la barra. Ahí, con la excusa de destapar cervezas me dedicaba a buscarla entre las mesas. No estaba o no había llegado todavía o no llegaría nunca. Mientras seguía destapando las botellas y escudriñando a la concurrencia, una chava un tanto regordeta, en extremo caderona y bastante alejada de mis gustos caminó hacia la barra para preguntarme algo. Yo, distraído pero tratando de ser amable, le respondí y seguí buscando con la mirada.

Minutos después se acercó Víctor y me dijo “Ella es Atenea”. Yo, incrédulo, pregunté, “¿Quién, la de chamarra verde con la que estaba hablando?”. En ese momento tuve que replantearle las cosas a Víctor. Describí a esa mujer que traía entre ceja y ceja y él concluyó con un “Ah, ella. No güey, ni lo sueñes. Esos son altos vuelos. Nunca te va a pelar.”Seguir esta bitácora

El mito de la ciencia y el fin de los tiempos: Respuesta de (y a) Cristina Espinosa

Hace unos días una amiga de CCM (una ONG que desafortunadamente ya no existe) me mandó una respuesta a la entrada de “El mito de la ciencia y el fin de los tiempos”. Algunas cosas me parecieron muy interesantes y consideré oportuno piratearle el mensaje. No lo había publicado antes porque desde hace unas semanas sólo entro al Interñé los güíquends y porque andaba en mis días (en realidad estaba leyendo unos papers sobre epistemología, escribiendo en chinga para una chubeca y arreglando la compu de uno de mis primos, pero da igual). Crispina dixit:
Recientemente hubo un cambio en mi vida grueso y decidí dejar las ciencias naturales, por las sociales, bueno, el equilibrio entre ambas. Entré al doctorado en educación ambiental, y eso de doctorado también lo dejo en entredicho, pues no por ello quiere decir que ahora ya sea intelectualoide jaja [nótese la pedradota despiadada], pero bueno, ahora trataré de trabajar con la gente, en lugar de los bichos.

El ensayo [sic; favor que me hace] que escribiste, sobre la ciencia y luego la posmodernidad me dejó pensando, pues creo también que hay un chorro de cosas detrás del científico.
Por un lado está la ciencia, que es promovida y pagada para fines específicos o desarrollada para algunos intereses... como por ejemplo, el de aquellos que están codificando el genoma del arroz, el trigo, el maíz. Detrás traen la beca de Monsanto, que patenta los genomas de sus variedades y, luego, al mandar a sus “monitores” a los campos de Chiapas o Guerrero, demandan al agricultor por utilizar sus variedades sin permiso, y no estoy hablando de sumas pequeñas. Son cientos de miles de dólares, cuando esas plantas se cruzaron por dispersión del viento de forma natural, sin que el agricultor pudiera hacer nada para impedirlo.

Creo que en este caso el científico podría haberse negado a recibir el apoyo... o no... o hacer otra cosa... o no. Creo que es justo ese punto donde muchos de los científicos no conocen, o no quieren conocer, el interés que viene detrás de aquello por lo que les están pagando.

El verdadero método científico
Y en el otro caso, cuando es la propia motivación del científico, aquella que genera la ciencia, pues está Conacyt y agencias internacionales y las instituciones mismas, que también tienen el poder de rechazar, aprobar y, en cierto modo, darle la dirección a la ciencia que se va a realizar en un país, una institución, etc. Para ello, hay un consenso decidido por la gente, sobre la aplicabilidad de ciertos estudios científicos o no. Al final, uno puede ir feliz cuando le aceptan la beca en Conacyt, pensando que es libre de hacer lo que quiere, cuando en realidad ya hubo alguien que decidió por ti con base en ciertos intereses.

Después, el científico analiza, detecta patrones y los prueba. Para que después entre el ingeniero a aplicarlo como dices [en la entrada que menciono al principio], ya entra la tecnología, las necesidades o “demandas” de una sociedad a aplicar esa ciencia. El resultado del trabajo del científico puede tener implicaciones inmediatas para generar cierta información, pero es el uso y su aplicación lo que generan el contexto social de la ciencia.
Y finalmente está el otro caso, el mío, donde el científico piensa que hace una ciencia que tiene un impacto real en cierto tema. El cambio del que te hablaba fue justo la interiorización de que lo que estaba haciendo no era “conservación biológica”; era, tal cual, ecología pura y dura. Cuando aquellos que tienen decisión sobre el futuro de cierta especie son la gente, la comunidad cercana, mi trabajo ni siquiera revertía [¿repercutía?, ¿retribuía?] en la gente, no regresaba a aquellos que le dan uso al recurso, la especie, la planta. Se quedaba en un puro papel científico o, ni siquiera, en la compu... y que aquello que yo quería “ser” era la pura pantalla de un conservacionista, cuando en realidad, sólo hacía ciencia. Obviamente que después viene el güey de Semarnat a poner límites a la comunidad o prohibir ciertas prácticas, pero no lo hacía yo, lo hacían otros.

“Die, mothafuckas!”
Y con esto no quiero entrar en más discursos... sino finalmente comprender que es el hombre, el que puede utilizar la ciencia para fines productivos, sociales, tecnológicos o propagandistas o llegar a generar armas de destrucción masiva... [Yada, yada, yada, sufragio efectivo, no reelección, come frutas y verduras, besos y abrazos, el Rutilo es puto]

Cris

La primera cosa interesante del mensaje es la crisis de la compañera ejidataria. Algo que viví de manera muy densa durante mi estancia en Letras (y que sigo viviendo casi cada día) es precisamente la misma crisis, pero vista desde las Humanidades. ¿Sirve de algo estudiar Letras y, sobre todo, sirven de algo los estudios literarios? Y con eso de “sirve” no me refiero a si puedo conseguir algún beneficio personal, como entrar al SNI, llegar a ser el investigador al que todos adulan pero que no aporta ni madres o ser catedrático y ligarme a mis estudiantes, sino a hacer algo de provecho para la cosa pública. En la entrada en cuestión sin duda dejé fuera esos pequeños detalles sobre si X sabe que lo que hace no es correcto o se hace de la vista gorda con tal de sacar tajada. Son detalles importantes detrás de la investigación científica, pero, ojo, también existen en Humanidades y a veces de peor y más vergonzosa manera.

Cuando iba a mitad de la carrera una de mis maestras nos “aconsejó” a todos los presentes en la clase, con un tonillo de complicidad, que, al investigar, buscáramos un tema que nadie hubiera estudiado antes, no para ser originales, sino porque “así, aunque sean malos, todos tendrán que citarlos por ser los primeros”. La “recomendación” me dejó sumamente deprimido y, al igual que Cris, pensé en cambiarme a un área mucho más productiva y, desde mi perspectiva, también científica. Justo acababa de regresar del Verano de la Investigación, en Michoacán, donde supuestamente estuve trabajando con una latinista. Pongo las cursientas porque, aunque la investigadora con la que estuve es excelente en su área, yo no aprendí nada. Y no aprendí nada porque 1) el Verano está mal organizado y 2) quería estudiar latín por las mismas razones que mi maestra nos recomendó investigar algo “original”, es decir, porque, a falta de latinistas en México, estudiar latín parecía un pretexto perfecto para colarme a una buena universidad en el extranjero.

A mi favor puedo argumentar que, en un país como México, la única forma de escalar socialmente es por medio de los logros académicos, aunque esos logros no beneficien a la sociedad y sean sólo puntos acumulados en algún programa de estímulos. Incluso puedo ser un tanto introspectivo o empático y decir que la miseria explica que alguien pretenda ser “investigador” para vivir mejor, pero nada justifica la actitud, ni la actitud cínica de mi maestra ni la mía, cuando quería estudiar latín.

Si las investigaciones científicas no rinden beneficios y pocos son los artículos que se leen, ¿alguien podría decirme cuál es la importancia de los estudios literarios cuando el objeto de estudio no le interesa ni al mismo investigador? Estudiar Letras sin duda sirve (o por lo menos a mí me ha dado muchas herramientas para articular mejor mis ideas), pero los estudios literarios, tuétano de la carrera, rara vez aportan algo. Si viviéramos en un mundo ideal, con recursos ilimitados, cada persona podría dedicarse a investigar lo que le viniera en gana, pero vivimos en un lugar con muchas carencias, así que, por mucho que me duela admitirlo, todos esos análisis que nadie lee sobre obras que nadie leyó bien pueden desaparecer, junto con su presupuesto. En otras palabras, si como humanistas no queremos propiciar que algún burócrata elimine nuestras carreras, entonces debemos hacer nuestra parte NO “INVESTIGANDO” MAMADAS por las que ni nosotros mismos damos un rábano.

Todo esto me lleva a señalar un error que se comete con frecuencia sobre la gente que estudia Humanidades pero que nosotros mismos cometemos con mayor frecuencia, al tratarse de un argumento recurrente a la hora de justificar la pertinencia del área. Ser un mejor ciudadano y retribuir a la sociedad, aunque suene a mensaje de superación personal, es algo que depende de las búsquedas personales o de los valores o del cristal con que se mira o de no sé qué factores. Estudiar Humanidades no hace a nadie más humano. No existe una fórmula sencilla y mágica del tipo

Sujeto + Humanidades = Mejor Persona

Y lo mismo se puede aplicar al arte o a la Alta Cultura, para que no se alucinen los que se las de sensibles o conocedores. Somos falibles, señoras y señores. La cagamos un día sí y otro también.Seguir esta bitácora

¿Gana Ned Flanders en San Luis? Lo más probable es que quién sabe, pero sí, sí

De las veces que he votado, ésta es la primera que lo hago en la casilla que me corresponde y no en una casilla especial, por andar de vago. También a diferencia de las anteriores, ahora voté “en contra de” y no “a favor de”, en el caso de gobernador, lo cual me dará cruda postelectoral mañana. Me gustaría que las cosas fueran de otra forma, sin tener que votar por el “mal menor”, pero la cochina realidad siempre se impone.


Las alianzas por acá estuvieron bastante esotéricas, con un revoltijo de partidos en los cuatro niveles -diputados locales y federales, pestilentes municipales y gobernador: el PANAL con el PAN (única alianza más o menos obvia, si consideramos que el primero es un partido satélite del segundo y si descontamos que en otros estados los maistros se aliaron con el PRI); el Partido de la Muerte con el PRI y el PSD; el Convergencia con el PRD pero también contra el PRD; el PSD en algunos casos con el PRD, mientras el PT, por su parte, con el Manchester United o la señora de los tamales. Ya no recuerdo muy bien, pero más o menos estuvo así el asunto.

Dr. Tetranzo

Lo más raro de todo es que el PAN estaba contra el PAN para salvar al gobernador (del PAN), es decir, hubo pleitos internos entre panistas que llevaron a que algunos se salieran y se pasaran al PRI, con el Dr. Fernando Toranzo como candidato. Hasta donde sé, quien va ganando es este último, pero me muero de sueño, así que ya veré mañana si cambiamos de partido en San Luis o no. En ningún caso me hago ilusiones, pero me conformo con quitarnos de encima el factor panista.Seguir esta bitácora


Womanizers

Hace unas semanas fui al cumpleaños de mi cuasiprima F. en un bar cool y pipirisnáis de la ciudad y salió a relucir un tema medio espinoso respecto a sus amigas, quienes son guapas pero no muy brillantes que digamos. De hecho, las susodichas parecen inteligentes pero al mismo tiempo algo les falla en la autoestima o en el “celebro”, como diría don Quijote, o no sé qué rayos. La constante es que, aunque de buen ver, casi todas andan con tipos muy controladores y mujeriegos (además de otros problemas que mejor no menciono porque esto nada más es el introito).

Mamadas

Inevitablemente recordé un par de cosas. La primera es parecida a ésta pero que alguien del Match me precisó con una observación. Si los hombres que se anuncian en el Match son responsables, “cero machistas”, respetuosos y no se fijan en el físico, ¿por qué tantos son divorciados? ¿Acaso no está un poco desproporcionado el asunto como para culpar completamente a sus exparejas? En otras palabras, algo falla con esos hombres. Y algo falla con muchas mujeres también.

Supongo que se trata de algo cultural o que tal vez influya el hecho de que muchos hombres se van a trabajar a Estados Unidos, dejando a las mujeres atrás, pero de las ciudades en las que he vivido el problema es más grave en Zacatecas. Podría contar un montón de casos, pero hay uno que sigue dejándome sorprendido.

Hace cinco o seis años me encontré a una tipa llorando desconsolada porque se enteró de que su expareja andaba no sólo con otra, como ella muy bien sabía, sino que andaba por ahí tirándose a media población femenina de Zacatecas, además de a ella y a su pareja “oficial”. Al parecer esto lo sabíamos todos menos ella o, más probablemente, lo sabía pero se negaba a ver la realidad. Tenía más que lo pelos en la mano, la burra entera y una caravana completa de indicios de que su amante andaba por ahí cogiéndose todo lo que se moviera. ¿Por qué era incapaz de ver eso? Además, ¿por qué andaba con un fulano que tenía pareja y se conformaba con ser el segundo frente, la casa chica, la otra?

¿Qué parte de “abandoné a mis hijos y lo volveré a hacer” no entienden las mujeres? No sé si sea un afán retorcido por repetir patrones, que de verdad creen que pueden cambiar a un hombre mujeriego o piensan que a ellas no las van a dejar chiflando en la loma. “No, a mí no me va a dejar por otra”. Juar juar.Seguir esta bitácora

El mito de la ciencia y el fin de los tiempos

Por motivos completamente sin importancia, hace unos días malgasté dos minutos de mi vida leyendo una entrevista a Tom Hanks en El Universal sobre su nueva película, basada en una novela que no pienso leer, a menos que sea un caso urgente y no haya otra cosa a la mano. Lo que dijo me recordó diversas discusiones en las que me he visto involucrado a lo largo de los años. Ninguna de las posturas, ni la mía ni las contrarias, brilla por su originalidad, pero todas son persistentes como la caspa o los testigos de Jehová un sábado en la mañana. La cuestión es sencilla:

—Hay una teoría que asegura que el desarrollo de la ciencia nos ha rebasado y terminaremos por destruir la humanidad ¿lo ha pensado?

—Nosotros hemos construido la bomba atómica, las guerras, las enfermedades. Pero somos nosotros, no la ciencia. El otro extremo es creer que la naturaleza nos cuidará por siempre pero ¿qué pasa entonces cuando erupciona un volcán o con los tsunamis? La ciencia y la naturaleza son fuerzas igualmente poderosas.

Concuerdo parcialmente con el actor, asunto que en realidad importa un rábano. Lo destacable es que existen muchas respuestas menos sensatas a la misma pregunta, de las cuales dos me parecen particularmente irritantes. Si alguna vez han sido capaces de seguir los malabares sinsemánticos de los posmodernos, habrán notado que la primera postura suele servir como preámbulo de la segunda. No es mi culpa. Agarren sus piedras, señoras y señores.

1) Fijaciones escatológicas

Así como hay gente a la que le gusta “cuidar la ecología”, hay quienes afirman con voz profética que la ciencia nos lleva derechito a la destrucción de la especie y del planeta. No me lo tomen a mal. No creo ciegamente en una idea obsoleta de “Progreso”, según la cual la ciencia es la solución a todos nuestros problemas (con colonias en Marte y ninfómanas venusinas violando a granjeros espaciales), pero tampoco me voy al otro extremo, automático, bucólico y siempre mal ponderado de la ciencia como origen de todos nuestros males.

El plato fuerte suele ser “Mira a dónde nos ha llevado la tecnología. Cabe preguntarnos si en relidad no somos nosotros los primitivos”. La situación parece no dar para menos. Calentamiento global, aparatos enajenantes y armas de destrucción masiva son el coco de tecnófobos declarados y espontáneos. Si a esto le agregamos la pésima distribución de los bienes [y de los males] resulta explicable por qué las personas culpan algo que para empezar no entienden ni quieren entender.

Aun así, no es la ciencia, sino las políticas detrás de ésta y, sobre todo, las imposiciones del mercado lo que nos jode la existencia. En eso concuerdo con Tomás (“somos nosotros, no la ciencia”). Se habla del poder destructivo del “saber demasiado” como si no fuera gracias a ello que podemos sobrevivir en mayor número y sin peores problemas de salud. Nos guste o no, es el conocimiento acumulado y no el pensamiento mágico lo que nos permite estar aquí ahora y no haber muerto en la infancia de viruela (por poner uno de innumerables ejemplos).

-Creo que ya nos perdimos, capitán.

-¡Avance y no la haga de pedo!

-¡Señor, sí, señor!

2) La ciencia es un “mito”

La segunda postura es un batiburrillo de ideas bastante difundidas e hipócritas de las que siempre me mofo (y que por cierto son comunes entre gente de humanidades). Según dicha postura, la ciencia es sólo una de tantas interpretaciones de la realidad y, por lo tanto, tan válida o inválida como cualquier otra. Para ello se pretende reivindicar el término “mito”, con una postura ridículamente New Age o cayendo en un “relativismo absolutista”.

Sin duda la ciencia es una interpretación de la realidad, pero hay de interpretaciones a interpretaciones. No todas sirven para lo mismo ni son igual de acertadas, por mucho que lo deseen así los posmodernos, los jerarcas religiosos y algunos semiotas semiidiotas. Salvo casos muy contados, todos acudimos al médico cuando nos enfermamos de algo, usamos procesadores, pantallas, Internet y celulares para comunicarnos y manejamos, tomamos el camión o usamos cualquier otro medio de transporte para ir del punto A al punto B si lo consideramos necesario.

En estos momentos aprovechamos tecnología, con fines bélicos en su origen, para comunicarnos (yo escribo, ustedes leen, comentan) y no señales de humo o telepatía. No digo que los avances tecnológicos que usamos nos hagan moralmente mejores que quienes no los utilizan, pero tampoco los otros son moralmente mejores por no hacerlo.

Con todo y su falsa radicalidad, los defensores de lo alternativo jamás se alejan completamente del “logocentrismo” al que tanto atacan. A final de cuentas no dejan de esgrimir argumentos armados de manera más o menos lógica para denostar todo lo que huela demasiado racional. O eso creo. Tal vez en alguna parte haya quienes, en lugar de discutir, se tiran al suelo echando espumarajos por la boca, en un arranque de misticismo para reforzar su victoriosa sinrazón. No obstante, y ya resumiendo, sin la ciencia ninguno de los detractores existiría hoy para rebuznar con vehemencia su falta de agradecimiento.

El silencio de los corderos voladores

La ciencia no es un todo sólido y continuo, sino un montón de teorías, hipótesis y propuestas, que descansan sobre arduas reflexiones epistemológicas de las que, irónicamente, a veces carecen espacios en el área de las humanidades (tal es el triste caso de los estudios literarios). Muchas veces me pregunto si todos esos ataques por parte de los humanistas se deben, más que a una verdadera reflexión teórica, a un complejo de inferioridad mal disimulado: “Si mi campo no tiene el prestigio de la ciencia, la ataco, pero cuando me conviene adopto un lenguaje pseudocientífico”.

Escribo todo esto a manera de advertencia, para que no me salgan con cuentos si nos vemos en la calle... O en su defecto esperen mi total exasperación. Si todavía creen que la ciencia nos quedó mal en su tarea de ofrecernos una vida libre de enfermedades (y muñecas inflables con una plática interesante), aquí les dejo un video por si hay una guerra nuclear. No dice qué hacer con los zombies de ese mundo postapocalíptico y aterrador en el que viviremos por culpa de los científicos, pero es un buen inicio.Seguir esta bitácora


Paréntesis sobre la tortura

Estaba escribiendo sobre otro tema cuando me topé con unos encabezados muy interesantes sobre la tortura por parte del ejército gringo, en su lucha contra “el Terror”. Durante un tiempo ya, se ha debatido entre liberales y conservadores sobre si la mentada técnica conocida como waterboarding es tortura o no, la cual consiste en amarrar a un sujeto a una superficie plana, ponerle un trapo mojado en la cara y después vaciarle una jarra de agua encima, así:

Un judicial en acción

Por supuesto, los conservadores tienen mucho que perder con este debate (entre poder y confiabilidad), así que algunos se han dado a la tarea de comprobar que eso del waterboarding no es tan malo como parece, ofreciéndose como conejillos de Indias. El último fue un locutor de nombre Erich Muller, quien dio su brazo a torcer después de seis segundos, bajo condiciones controladas.

Todo este deseo de probar en carne propia si dicha forma de interrogación es tortura o no, me recuerda el chiste de dos compadres que van caminando junto a las vías del tren hasta que uno de ellos pisa un pedazo de mierda humana.

-Creo que ya me embarré de caca el zapato, compadre -dice el desafortunado.
-No, no es caca -responde el otro.
-A ver, pruébela -reta el primero. El segundo lleva un dedo a la suela de su compañero, toma una cantidad considerable de materia fecal y se lleva el dedo a la boca.
-No, compadre, no sabe a caca. El otro hace lo mismo, dudando, y dice: “No, compadre. es caca.” El segundo repite la acción, luego el primero otra vez, y así, hasta que limpian la suela y el que negaba que fuera excremento humano dice: “¿Sabe qué, compadre? Tenía usted razón. Siempre sí era caca.”Seguir esta bitácora